sábado, 4 de febrero de 2012

¿Por qué los gatos odian el agua?

A pesar de lo que afirman muchos, los gatos no odian el agua. En la naturaleza algunos felinos como los tigres son buenos nadadores y otras especies no dudan en cazar o cruzar ríos si así lo requieren las circunstancias. La aversión hacia el agua está más bien relacionada con las especies domésticas de gatos, como bien saben los propietarios de los mismos. A menudo resulta difícil dar un baño a nuestros queridos gatos que intuyen incluso el momento en que preparamos su "fatídico" encuentro con el agua, refugiándose en las partes más inaccesibles de la casa. También es cierto que no se trata de un comportamiento generalizado, siendo que algunos gatos domésticos disfrutan de los baños y del agua con bastante naturalidad. Esta paradoja la explican los estudiosos del comportamiento animal por la pelicular personalidad de estos animales, mucho menos dóciles y dependientes de los humanos que los perros. El perro puede gustar o no del agua, pero ante la orden del propietario difícilmente se negará a bañarse o lanzarse al agua. En cambio un gato actuará según su propia voluntad.
Lo cierto es que la prevención que presentan los gatos ante el agua no tiene nada que ver con una característica específica de los felinos. La causa principal se debe a que los gatos mojados son mucho más vulnerables al frío. Por esta razón los felinos que viven en lugares calurosos son más proclives a mojarse que otros felinos que viven en latitudes templadas o directamente frías. Esto sin embargo no explicaría el por qué los cánidos - lobos, coyotes etc - se mojan y disfrutan del agua en cualquier latitud. La explicación es sencilla : los cánidos y otros animales puedes agitarse para desprenderse del agua que les cubre. Los felinos simplemente no pueden.
Quien posea un perro sabe que una de las cosas más difíciles al bañarlo en casa es que deje de sacudirse empapando el baño y por ende a nosotros mismos. Estas sacudidas, realizadas de forma repetida, son capaces de secar casi completamente el pelaje del perro mientras que un gato queda a expensas de nosotros para que le sequemos con la ayuda de una toalla. El gato no puede hacer este movimiento y por tanto no se puede desprender del agua que le cubre. Si el gato experimenta frío, probablemente no desee repetir la experiencia. En cambio, si no ha pasado frío y ha sido secado completamente con nuestra ayuda, seguramente no tendrá problemas en repetir la experiencia.


El secado instintivo de los perros es tan eficaz que hasta su frecuencia depende de la cantidad de agua que los cubre. Los gatos, incapaces de hacer este movimiento, se quedan mojados si no los secamos con el consiguiente peligro de enfriarse.

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